Lo que Resistes… Persiste.

BE03

“Yo no soy lo que me ha ocurrido, soy lo que elijo llegar a ser.”

 C.G. Jung

En la dinámica física, es común observar que cuando dos cuerpos se empujan uno a otro, generan mayor resistencia; mientras más empuja uno, el otro genera más energía para resistir y viceversa. Esto equivale al dicho popular “A un necio, otro necio”. Lo hemos observado toda la vida y de hecho, entre las personas nos atrapamos en esa dinámica.

Cuando una persona comienza un diálogo con una afirmación y recibe del otro una negativa a su argumento, es muy probable que la motivación del primero sea tratar de convencer al otro de su punto de vista; y que la segunda persona se afiance aún más a contradecirlo. Esto se conoce como el problema de la resistencia o “lo que resistes… persiste” y es quizá uno de los principios más simples, pero a la vez más poderosos que he observado en el trabajo con las personas y las organizaciones.

El día en que cobré conciencia de este fenómeno, de su impacto en mi vida y su gran demanda de energética, me di cuenta de que la vida puede ser mucho más simple; se trata de dejar de resistir. Podríamos imaginarlo con dos personas recargadas una frente a la otra, empujándose. Así surgen las discusiones: “Así no es”. “No estoy de acuerdo”. “Es de otra manera”. “Estás equivocado”. “No me estás escuchando”. “Te voy a convencer”. Son argumentos que, si pudiéramos observarlos cruzando el espacio entre estas personas, veríamos cómo chocan entre sí, tratando de ganar y conquistar el espacio vital del otro. Las conversaciones se entrampan y es imposible seguir adelante. De hecho, la salida típicamente es que uno derrumbe al otro. El “perdedor” se desmorona y sus argumentos y principios caen por el suelo dejando victorioso al otro. Este es un buen escenario cuando lo que se busca es demostrar que tengo razón. Pero es, sin duda, una de las estrategias con más coste energético y emocional que descubrimos en las interacciones humanas. Peor aún, más allá de la demanda emocional y energética, el resultado es, en la mayoría de los casos, pobre, porque destruir los argumentos y demostrar tener razón es sencillamente una forma de no integrar la perspectiva del otro. Todos tenemos un jefe, un compañero, un amigo, o una pareja con quien nuestros argumentos chocan. La postura del otro suele ser: “convénceme que tu punto es mejor que el mío.” En el mejor de los casos escuchamos sus premisas, pero normalmente no lo hacemos; esperamos el momento para regresar con una carga de pruebas a nuestro favor. A veces nos hacemos a un lado, dejando pasar los argumentos del otro; otras veces nos enfrentamos y resistimos a éstos hasta que la situación termina mal. Así pues, lo que resistes… persiste.

Imagina una conversación en la cual tú inicias compartiendo tu perspectiva y la otra persona de tajo te contesta: “No así no es, estás equivocado.” ¿Qué emociones te provoca? ¿Qué piensas? ¿Cuál es tu primer impulso? Quizá sería decirle: “No, el equivocado eres tú, es así…” Si eso es lo que sucede, estarías resistiendo la energía verbal, emotiva e intelectual de la otra persona, tratando de detenerle y arremeter con tu propia energía y argumentos. Aquí es cuando el fenómeno de lo que resistes… persiste se presenta: tu atención se centra más en la lucha por ganar el espacio que en el proceso de una comunicación consciente y el buen resultado que esto puede tener. Ahora imagina la misma situación en la que presentas tus argumentos y la persona te interrumpe y te dice: “No, así no es, estás equivocado lo siento.” Y en lugar de hacer caso a tu impulso de tratarlo de convencer, le dices: “Escucho que desde donde tú estás, estoy equivocado, dime por qué, ¿porqué piensas que estoy equivocado?”. Esto crea un cambio energético importante en el cuerpo y en la conversación. En vez de enfrentarse unos con otros y empujarse, cada uno toma la energía de la otra persona y la regresa de manera constructiva sin perder su centro. Esto es a lo que Fred Kofman, en su libro La Empresa Consciente, se refiere como el Aikido verbal. Es decir, si estuviéramos en un combate, la capacidad de pelear sin caernos, sin resistir y sin perder el centro. Decirle a la persona: “Entiendo que para ti estoy equivocado, me gustaría saber porqué,” es una manera de tomar su energía y regresarla sin perder el centro. Todos hemos visto en las películas o en la vida real a alguien comportarse así, recibir el embate del enemigo con serenidad y sin perder el centro. ¡Vaya que es inspirador! Es justo lo opuesto a decirle: “No, el equivocado eres tú.”

Lo que resistes… persiste. Piensa en aquello en tu vida que estás resistiendo ahora. El mosquito por la noche, el ladrido del perro lejano, tu compañero de trabajo que no quieres tener cerca, el jefe que insiste con sus argumentos y tú quieres convencer a toda costa. Piensa en las personas cercanas a ti que estás resistiendo en este momento; imagina si en lugar de resistirlas pudieras decirles: “Entiendo que así lo veas y me gustaría saber por qué, platícame más”. “También, me gustaría expresarte lo que yo veo a ver si podemos llegar a algo.” Estos son pequeños movimientos que te permiten, sin perder tu centro y sin dedicar energía extrema, desarrollar una conversación aún con aquellos a quienes se les dificulta mirar más allá de su propio argumento. Recuerda, el mundo no cambia; pero si cambias tú, todo cambia. Aquello que estás resistiendo no va a dejar de estar ahí, pero si lo dejas de resistir, la energía en el yo, en el nosotros e incluso en el ello cambiará. De esta manera, tú recuperas libertad sin perder tu centro. La próxima semana algunos ejemplos.

Lo que Resistes… Persiste.

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