Meditar no te “eleva”… solamente

BE08

“Si quieres encontrar a Dios, quédate en el espacio entre tus pensamientos.”

Alan Cohen

De acuerdo a un estudio de imagen cerebral hecha por El Hospital General de Massachusetts en Boston y la Escuela de Medicina de la Universidad de Massachusetts en Worcester, la meditación contemplativa altera regiones del cerebro asociados con la memoria, la consciencia del ser y la compasión. [i]

Con frecuencia me preguntan acerca del impacto que la meditación ha tenido en mi vida. Si bien estoy lejos de ser un experto –es decir, estoy lejos de las 10,000 horas de práctica– en mi experiencia, el verdadero impacto viene de la disciplina de enseñarle a mi mente a estar presente.

Como toda práctica, el resultado no se ve sesión tras sesión, sino con el paso del tiempo y su beneficio aparece en los momentos menos esperados. Durante mis años de meditación, algunos períodos han sido intensos y disciplinados; otros más espaciados; pero a lo largo del tiempo nunca he parado y, cada vez más, la experiencia cuando me siento a meditar es como de regreso a casa. “Paren al mundo que me quiero bajar” diría Mafalda. Para mí meditar es una buena forma de “parar al mundo”.

Mi elección diaria de sentarme a meditar es, más que para buscar la iluminación, para desarrollar un músculo. Es parecido a ir al gimnasio: cuando repito abdominales, los músculos de mi abdomen se fortalecen, no pasa más que eso. Cuando me siento a meditar y pongo mi atención en mi respiración, dejando pasar uno a uno los pensamientos, lo que hago es fortalecer el músculo de la atención, nada más. Desde luego que también hay momentos en los cuales experimento más allá de mi cuerpo físico y cómo soy parte y estoy cerca de aquello que quizá otros han llamado Dios. Pero sobre todo, la meditación para mí ha resultado un entrenamiento que, en situaciones complejas, me ha permitido responder mejor y obtener mejores resultados, en comparación que si no tuviera desarrollado el músculo de regresar a mi centro.

En resumen, para mí meditar tiene tres características fundamentales: la primera, es una práctica igual de importante y a la vez trivial que cualquiera de las prácticas que podamos tener –hacer ejercicio, tocar un instrumento, cocinar bien– el simple hecho de hacer la práctica es ya de por sí un acto meditativo. Segundo, es un espacio que me hace sentir en casa. Ese pequeño altar que con el paso de los años se ha ido nutriendo de objetos con significado especial para mí; ese cojín y esa manta con la que me cubro especialmente en los días frío hacen que dentro de mi casa haya un lugar donde puedo estar solo y sentirme en casa. Y tercero, me ayuda a regresar a mi centro. Con el paso del tiempo, aunque a veces me siga quedando dormido, con las piernas entumecidas y tenga sesiones en las que mi cabeza no pare de pensar, el estar continuamente regresando al centro, a contar uno, dos, tres, cuatro, con atención a mi respiración y volviendo a empezar, me ayuda a no actuar de manera impulsiva, a desapegarme de los pensamientos y de las emociones y estar en mí.

Sentarse a contar del 1 al 10 con cada respiración, volviendo al cero cada vez que un pensamiento me atrapa es un método muy simple y en cierto sentido riguroso que yo he practicado con buenos resultados.

Para más recursos visita:
http://comomeditar.org/como-meditar-en-casa-5-pasos-para-meditar-en-el-hogar/

[i] Los resultados se publicaron en Psychiatry Research: Neuroimaging (Enero 30, 2011).

Meditar no te “eleva”… solamente

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