Crónica de una decisión en el Azteca -o una analogía fantástica- del México que no sabe cómo unirse, o una tesis de cómo los “Fifís” pusimos a AMLO donde está y perdimos el NAICM.

“Los del gallinero pueden aplaudir, los de los palcos basta con que hagan sonar sus joyas.” John Lennon

Quisiera comprender mejor por qué esta división tan cruda entre los mexicanos; vaya, este tema de “Chairos” y “Fifís”.

Las perspectivas de unos y otros están desde luego sujetas y fundadas en la forma particular de entender el mundo de cada quién. Aún, incluso entre cada uno de los grupos, hay perspectivas individuales que deberían de contribuir a enriquecer la visión colectiva de unos y otros. Pero no sucede así.

En mi caso particular, tengo la fortuna de haber crecido y de convivir con una diversidad asombrosa de mexicanos; desde -literalmente- los más ricos, hasta los más desafortunados. Intelectuales de izquierdas, derechas y centro, y hasta de tercera vía. Con los espirituales, los buena onda, los cool y los conservadores. Convivo o he convivido con empresarios que son corruptos y con otros que no lo son, con clérigos pederastas y maestros espirituales, con chamanes y médicos científicos, líderes sociales, evangelizadores cristianos y aguerridos ateos. Convivo con artistas, filósofos y conductores de Uber. Homosexuales, bisexuales, heterosexuales y homofóbicos. Con educadísimos hombres y mujeres que han viajado por el mundo; con gente muy trabajadora y modesta y con indígenas tzotziles.

Vaya, que he pasado mi vida rodeado, como cualquier mexicano, de una diversidad cultural, económica y moral sorprendente. Más aún, he viajado por una buena parte del país y constatado también la diversidad ambiental. México es considerado uno de los de los diez países megabiodiversos.

Todos los días en mi trabajo tengo el privilegio de sumarme a las historias de prosperidad y creatividad empresarial, que han hecho de México un gran país y que han elevado la calidad de vida de millones de mexicanos.

Es decir, como cualquiera de nosotros, estoy en contacto con muchísimo más que mi propio grupo social; mi perspectiva etno-céntrica se relativiza constantemente. Hay mucho más que mi “ambiente” social.

Después de algún tiempo, puedo decir que al escuchar con atención la perspectiva de cada uno de estos grupos, con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que, por absurdo que parezca, todos tienen razón. “Su” razón. En efecto, para mí, ahora, no hay mucho sentido en tratar de convencer a uno u otro de que lo que él o ella ve es parcial, no es completo y es incluso una especie de proyección de quiénes son. Que en realidad no veo las cosas como son, sino que las veo “como yo soy”. En otras palabras, que “chairos” y “fifís” tiene más que ver conmigo que con ellos. Y siempre vi el futbol en el Azteca desde un palco.

Me explico, y pongo el NAICM como ejemplo de una analogía que no escapa de mi cabeza cada vez que el tema (o cualquiera de los temas de la 4T) salen a la mesa.

Para los que están a favor de la megaobra (yo), cancelarlo no sólo es un error de unos 100 mil millones de pesos, sino que un proyecto de esa magnitud tiene un impacto favorable para el desarrollo de nuestro país con consecuencias económicas positivas. Vamos, como se dice en el argot de los negocios, “es un _no-brainer_” ¡Por Dios… se paga solito con los TUAs! Bueno, que no hay duda. ¿O sí? Que es conveniente seguir con el NAICM es absolutamente verdad y cualquiera con un poco de sentido común y capacidad para entender tres numeritos, estaría de acuerdo en que es un error suspender el proyecto. Esto es verdad… parcialmente.

Aquellos en contra del NAICM (yo también 😳), operan basados en dos principios. Primero, un aeropuerto no es prioridad para la mayoría, y segundo, hay formas más eficientes de resolver el problema de la saturación del tráfico aéreo en la CDMX. Adicionalmente, es un símbolo del México de antes de la 4T.

(Si eres de los primeros, seguramente estarás argumentando en tu cabeza: que no sea prioritario para la mayoría de las personas no quiere decir que no sea prioritario para México. De hecho, el beneficio que tendría impacta a millones que quizá nunca su suban a un avión -de acuerdo también-. Es más bien una decisión populista que, además de que defiende una alternativa inviable, es postulada por un secretario de comunicaciones del siglo pasado. Tampoco combate la corrupción… ”Ahí está Riobó, que seguramente se mocha con AMLO, ¡me canso ganso!”)

Entonces, me viene esta imagen del estadio Azteca. Imagino el estadio lleno. Cuando miro la asistencia (desde mi palco) se parece bastante a México. El 16% de los asientos están en los palcos (es decir, la clase A y B), solo el 6% en las plateas, y el resto -más de 67 mil asientos- en las gradas.

Cada quién le va a su propio equipo y no deja de asombrarme y conmoverme las pocas ocasiones en que todos, absolutamente todos -esperanzados frente a la desesperanza histórica-, nos unimos y dejamos el pulmón cuando México está en la cancha. Como dice un amigo, “been there, done that” y está cañón.

Para efectos de este texto, me imagino pues el estadio abarrotado, que representa a la totalidad de México, solo que, en la cancha, en lugar de la selección mexicana, hay una enorme maqueta del NAICM y la imagen de AMLO, micrófono en mano, en las pantallas gigantes.

“Queridos compatriotas, ha llegado el momento de que escuchemos (nótese que dijo “escuchemos”) la voz de todos los mexicanos. Vamos a ver quiénes piensan que conviene seguir con este proyecto (señalando a la maqueta) y quiénes no. En un momento les voy a pedir que hagan el mayor ruido posible cuando la opción que cada uno de ustedes defiende se presente. Y así veremos cuántos apoyan que siga y cuántos no.”

“Esta obra costará 285 mil millones de pesos. Yo creo que hay una mejor alternativa que, desde luego, implica perder 100 mil millones de pesos que ya se han destinado para lo que hay hoy de avance, pero que en el balance resulta menos costosa y más alineada con el México de todos, que resuelve en el corto y mediano plazo el problema del tráfico aéreo de la CDMX y de paso libera recursos para otras prioridades, como el desarrollo del sureste, entre otras cosas.”

En los palcos se dejan oír los chiflidos y algunas mentadas mientras él continúa.

“Votemos… aquellos a favor de esta obra hagan todo el ruido posible.”

Y de inmediato los palcos y una buena porción de las plateas comienzan a gritar y pegar en el piso, esperanzados de generar un escándalo que haga entender a AMLO que “habemos muchos que no estamos de acuerdo”. Pero antes de que él interrumpa para pedir el voto de aquellos en contra, se comienza a escuchar un rítmico golpe de pies “pum.. pum.. pum… pum” que crece en volumen y sincronía y que deja perplejo hasta al mismísimo AMLO. No hay gritos, no hay nada, es sencillamente el ritmo coordinado de la gran mayoría de los asistentes del estadio, que espontáneamente crean un sonido ensordecedor, en el peor de los casos, y conmovedor, en el mejor. AMLO sonríe satisfecho al tiempo que en los palcos los líderes y los “más importantes” se ponen de pie exclamando “no es posible la estupidez de la gente, este es un loco, nos vamos a convertir en Venezuela, es pura manipulación… yo me largo”.

Es así de simple. La decisión está tomada. “El pueblo sabio -es decir, la mayoría- ha decidido” sentencia el tabasqueño.

Poco después, el estadio comienza a vaciarse mientras los empleados de mantenimiento están ya desarmando en la cancha la gran maqueta. Afuera, en la calle, los ríos de gente se mezclan con los autos y los escoltas de los que estaban en los palcos. Dentro de su automóvil, una pareja conversa: “Míralos… bola de chairos… no tienen ni idea de nada… les están viendo la cara de P… Hasta creen que AMLO va a cambiar las cosas… ¡al contrario! Nos va a llevar la que nos trajo….” Mientras, entre la multitud otra pareja que camina junto al mismo automóvil señala: “Bola de fifís… se les acabó su monumento a la corrupción”.

Algunos van a sus casas y otros se reúnen en restaurantes para comentar. Los que están a favor se reúnen en sus lugares de costumbre y entre plato y plato y drink y drink se escuchan por todos lados los mismos comentarios, que como memes de Instagram, se reproducen de manera viral y todos repiten: “Me canso ganso que Santa Lucía no jala”; “AMLO es un viejo loco, no lo soporto”; “eso pasa cuando tienes un Presidente que no ha viajado ni habla inglés”; “estábamos mejor con Peña”; y entre copas y risas los memes van tomando forma sustentados en fake news y “facts” de los que “me consta porque conozco a alguien que es el mejor amigo y le consta que…” y el gran meme se construye: AMLO es malo para México y por su culpa nos va a ir mal a todos (especialmente a mí que me va bien). Transcurre así la tarde, el día y los días…

En una mesa de la esquina, sin embargo, un grupo sorprendido por lo que sus familias y amigos repiten una y otra vez, comentan acerca del evento en el Azteca. “¡Órale! Qué cañón… qué contundente, ¿no?” Una chica pregunta, “¿qué hemos hecho para llegar a esto?” y uno más le contesta, “ser la onceava economía del mundo, pero ocupar el 92º lugar en el nivel del salario mínimo” por ejemplo. Otro más, un hombre mayor, se suma: “nos acostumbramos a creer que México está bien así, que la manera de ganar mucho dinero es dando mordidas, repartiendo, maximizando la utilidad, etc…” y otro más a su lado -ilustrado por los mezcales que ya lleva- sentencia: “la neta es que nos convenía, al menos a mí, que las cosas siguieran igual, que agarren por ahí a un pendejo por corrupción, pero que no le muevan mucho, porque la neta, la neta, a mí me va muy bien”. Una chica más agrega: “eso es lo que pasa cuando los que se supone que somos los educados aceptamos un México donde la mayoría -esa que pegaba y hacía ruido en el Azteca- no lo está pasando bien y nosotros hacemos como que sí”. “No es nuestra responsabilidad que todos estén bien… eso es imposible”, continuó, “pero sí tener la consciencia de buscar siempre una manera de que las cosas sean mejores para todos y la verdad es que nos hemos acostumbrado -¡así nos educaron!- a sacar el máximo provecho siempre, muchas veces a costa de o ignorando las necesidades de los demás. México está increíble.. para muchos… pero para muchos, muchos otros, no lo está”.

De pié ahí en mi palco, mirando la maqueta del NAICIM al centro, no puedo dejar de notar que nadie, absolutamente nadie, entre los 110,000 asistentes compartimos la misma perspectiva y sin embargo se comienzan a formar los memes que nos dividen, el meme Chairo y el meme Fifí.

“Meme” se refiere a un significado o comportamiento que se pasa -de un individuo a otro y que se constituye, por medios no genéticos, en elemento de identidad de un grupo o generación. Paz y Amor fue además del símbolo, el meme de una generación que entendía y compartía la libertad y la solidaridad como mecanismo de respuesta a la hegemonía moral de la época.

En el caso de los mexicanos, aún más proclives en el humor a pasarse imágenes que expresan y definen su identidad, el “meme fifí” y el “meme chairo” de entrada fincan su efectividad en su capacidad de desacreditar al otro.

Necesitamos un meme que nos unifique, que exprese el propósito que tenemos de ser un mejor país, que incluye a todos.

Crónica de una decisión en el Azteca -o una analogía fantástica- del México que no sabe cómo unirse, o una tesis de cómo los “Fifís” pusimos a AMLO donde está y perdimos el NAICM.

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